Opinión

Prisionero de historias | Entrar en la cárcel

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Primera parte

Jesús Toral*

“Accedo desde la entrada por las dos puertas de la izquierda del edificio y antes de contar al primer funcionario mis intenciones, este tiene que abrirme otra puerta de hierro enrejada”.

Lo primero que me sorprende al desplazarme de Granada a la prisión de Albolote es que, en realidad está a 18 kilómetros del centro de ese municipio y a cerca de media hora de distancia en coche. De hecho, en ese recorrido solo es posible ver campo, monte, bosque… De modo que, al llegar, desde la lejanía no es fácil medir las dimensiones de aquel mastodonte rodeado de muros y vallas y acotado por alambradas circulares que cuando uno las ve piensa que se convierten en un obstáculo insalvable para aquel al que se le pase por la imaginación siquiera escapar.

Estoy emocionado porque Solidarios para el Desarrollo me ha pedido que de un curso de escritura creativa a los reclusos y también inquieto, excitado, porque no sé lo que me voy a encontrar. Accedo desde la entrada por las dos puertas de la izquierda del edificio y antes de contar al primer funcionario mis intenciones, este tiene que abrirme otra puerta de hierro enrejada. Le entrego el carné y busca la orden, es decir, un documento que me permitirá la entrada. Tarda unos minutos y después llama para saber si me tienen que acompañar o puedo ir yo solo. Finalmente, me envían a un educador para evitar que vaya solo. Paso por el detector de metales y se escucha un pitido, puede ser el cinturón. Me asusto sin motivo, son los nervios de la primera vez. Me lo quito y vuelvo a intentarlo; esta vez, no hay problema. Mientras paso por la puerta, me pongo en la piel de alguien que va a ingresar por primera vez después de haber cometido algún delito, el miedo, la soledad, la desazón y esa punzada de culpabilidad por haber metido la pata hasta el fondo. Desde los cristales solo se otea campo y los montes al fondo. La alambrada en forma circular a unos 5 metros del suelo, coronando esas vallas prácticamente irrompibles me impresiona porque me dan medida de lo imposible que es atravesarlas. Hay otros dos pasos más antes de que llegue al módulo sociocultural, en el que mis alumnos me esperan.

Es una sala neutra, con una enorme mesa alrededor de la cual se disponen una decena de sillas en las que están sentados los alumnos. En la parte superior, a varios metros de altura, algunas ventanas permiten atisbar parte del cielo y el exterior de muros y cemento, clausurada con barrotes. Excepto por ese detalle, no sería fácil deducir que nos encontramos en el interior de una prisión. En los laterales, otras mesas más pequeñas soportan un par de ordenadores en los que no tienen acceso a internet, pero que utilizan para escribir y diseñar una revista propia, La Voz del Maco, con relatos, narraciones escritas por ellos mismos, crónicas sobre historias del interior y, sobre todo del exterior, acerca de temas diversos, entre ellos, la importancia de un momento histórico, el aniversario de la muerte de un músico conocido, la interpretación personal de la escena de una película o fotos de actividades realizadas en el centro y algunas informaciones cortas sobre dichos eventos.

* Voluntario en el Aula de Cultura, parte del programa que Solidarios lleva a cabo en Centros Penitenciarios. Actualmente imparte el Taller de Escritura Creativa en el Centro Penitenciario El Albolote, en Granada.

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