Opinión

Prisionero de historias | Entrar en la cárcel

• Bookmarks: 47


Segunda parte

Jesús Toral*

“Hablan con soltura y me cuentan que se han llevado el premio a la mejor revista penitenciaria del país este año y, como tienen varios ejemplares sobre la mesa, los ojeo”.

SEGUNDA PARTE

Me parece muy violento preguntar el delito por el que están aquí, aunque me veo obligado a reconocer que me provoca curiosidad. Les pido que se presenten y, alguno, sin ningún problema, me explica que está en prisión por traficar con droga o por un asunto económico. No pregunto más. No viene al caso.

Comienzo a presentarme, a avanzar las líneas que pretendo seguir en el curso y me sorprendo cuando les escucho, porque la mayoría de ellos muestra unos modos y una cultura que no esperaba. Uno ha ganado varios certámenes de relatos y me asusto porque siento que puedo no estar a la altura. De todas formas, me empiezo a sentir a gusto. Todos me acogen con mucho respeto y con ganas de aprender.

Hablan con soltura y me cuentan que se han llevado el premio a la mejor revista penitenciaria del país este año y, como tienen varios ejemplares sobre la mesa, los ojeo. Pese a que el diseño no es tan atractivo como el de las que estoy acostumbrado a leer, porque carecen de los instrumentos necesarios para ello, el contenido está muy bien escrito.

Decido hacer un ejercicio para aflorar las emociones porque considero que conocer lo que sientes en cada momento te permite escribir desde ese sentimiento y que es más fácil hacer brotar las ideas. Así que cojo a uno de ellos que me cuenta que lleva solo un mes y que no deja de pensar en su mujer y en su hijo, a los que ha dejado fuera. El ejercicio le toca tan de lleno que acaba llorando. Me cuenta después que no se trata tanto de que esté en prisión como de la culpabilidad que experimenta por haber abandonado a su familia, porque no está junto a ellos para ayudarles a seguir adelante. Sus compañeros le dedican las mejores palabras de consuelo y con esa emoción latente le animo a redactar un relato corto, de un folio, tanto a él como al resto de alumnos, acerca de algo que les haya ocurrido en los últimos días digno de ser contado, para valorar el nivel. No tardan más de media hora en concluir y el resultado general es muy satisfactorio. Todos ellos tienen idea de lo que es escribir y alguno de ellos lo realiza con tanta soltura y fluidez que entiendo que sea reconocido con premios.

Una de mis alumnas me explica que es abogada y otro dispone de un conjunto de empresas. No era el perfil que yo esperaba, pero me alegro porque me hace sentir que estoy dando un curso en otro lugar, para personas en libertad. El tiempo pasa deprisa y a medida que discurre, ellos empiezan a confiar en mí, a contarme algunas de sus carencias, a expresar la dureza de la vida dentro de prisión. La falta de libertad, según dicen, marca sus días. Todos tienen que pasar por un proceso de aceptación y de superación. Algunos me hablan de injusticia y se percibe que no acaban de asumir aún el error que han cometido, otros consideran que merecen todos los castigos porque no han estado a la altura de los suyos y la culpabilidad les asedia, pero sus propios compañeros que han pasado por lo mismo, le ofrecen consejos al respecto.

El tiempo se acaba y estoy muy contento porque siento que soy capaz de llevar adelante el encargo de Solidarios para el desarrollo y que creo que es un grupo que me va a aportar más de lo que yo pueda darles a ellos. Me veo como un privilegiado, alguien que tiene la fortuna de conocer una realidad a la que no estamos acostumbrados y, ya en un solo día, salgo renovado, enriquecido, con los esquemas rotos.

Cuando estoy abandonando el recinto, alguien se acerca y, en voz baja, me dice que entre mis alumnos hay uno reo por delito de sangre. Me asusto un momento, salgo pensando en ello, en el temor que puedo sentir cuando lo vuelva a ver, pero entonces pienso en qué ocurriría si estuviera dando el mismo curso fuera, con alumnos en libertad. En ese caso, seguro que no me preguntaría si alguno de ellos se comporta con crueldad con su familia, si se escaquea del trabajo o si intenta estafar a Hacienda, y probablemente en esa hipotética clase también habría personas que harían cosas que a mí me parecerían injustas, malvadas y hasta delictivas, pero, ante todo, recuerdo el papel que debo desempeñar: soy profesor, no juez; mi función es ayudar a mejorar el nivel de escritura de los alumnos, dentro de prisión o fuera de ella, no juzgar sus actitudes, sus actos o sus equivocaciones. Así que vuelvo a mi vida con ganas de regresar, a sabiendas de que me estoy adentrando en una de las aventuras más apasionantes que he experimentado en toda mi vida.

* Voluntario en el Aula de Cultura, parte del programa que Solidarios lleva a cabo en Centros Penitenciarios. Actualmente imparte el Taller de Escritura Creativa en el Centro Penitenciario El Albolote, en Granada.

47 recomendaciones
78 views
bookmark icon