Entorno

La suerte lleva a don Sergio a vivir de la muerte

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Texto y foto: Sonia Valenzuela

GUADALUPE, ZAC.- Un golpe de suerte y una promesa llevaron a don Sergio a vivir de la muerte: pasó de ser vendedor de lotería a cumplir una promesa.

Don Sergio tiene 30 años en el servicio funerario y afirma que el contacto con el dolor siempre ha sido de las cosas más duras, pero que lo hacen no perder la fe, pues asoma el lado humano del hombre.

Hace 30 años que Sergio decidió invertir en un boleto de lotería, de ésos que él vendía, pero nunca pensó que uno de sus boletos obtendría el premio mayor.

En ese momento acababa de ayudar a un vecino que perdió a su esposa e hijo, lo cual despertó un interés que se convertiría en su vocación; “entonces yo le solicité a la persona que nos había vendido el servicio funerario, que me diera una nota en donde se observaba que yo había pagado el servicio; pasaron pues, dos, tres meses, y fui al otro lado con mi vecino y le dije: ʻde casualidad no tendrá algo de lo que le presté para el funeral de Martín, su hijitoʼ, y me dijo: ʻoiga no señor, yo ya pagué, aquí tengo la notaʼ; le dije: ʻeso es imposible, yo aquí tengo otra notaʼ, o sea que un funerario, un muertero sinvergüenza, cobró dos veces o cobraba lo que le daba su gana, según las condiciones de las personas”.

“Entonces yo prometí que si Dios me socorría, un día iba a poner un negocio para enseñarles a esas gentes deshonestas a respetar el dolor ajeno”, recordó.

Sin embargo, ya con su negocio, le entristece que siguen existiendo prácticas deshonestas y abusivas en un momento tan difícil para las personas.

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“Se trafica todavía en la actualidad con la muerte, es la verdad; yo me he acercado con las autoridades, pero veo que a nadie le interesa, inclusive yo estuve sobre un proceso por haber denunciado a trabajadoras sociales, a directores de hospitales, a gente que trabaja”.

Denunció que las autoridades dan aviso a las funerarias para que ofrezcan sus servicios a los dolientes, acción que juzgó como abusiva.

Así, desde entonces, afirma ofrecer el servicio a ricos y pobres por igual, con honestidad, y recuerda a un señor que dijo: “ʻvengo a comprar un estuche porque acaba de fallecer mi madreʼ; pues yo vi la apariencia física del señor, dije él va a querer una caja barata; le dije: ʻmire señor, aquí está esta cajaʼ, me dijo: ʻoiga no señor, de ninguna manera. Yo quiero un estuche, porque la que se murió es mi madre y si algo soy es por mi madre, yo lo que debo, lo que soy es por mi madre, ¿usted cree que voy a echar a mi madre en un cajón de ésos? Yo vine por algo bueno, porque me dicen que usted tiene estuches y yo quiero un estucheʼ”.

La familia de Sergio nunca aceptó la nueva vocación y ni lo apoyó ni ayudó en su nuevo camino; sin embargo, agradece que gracias a su negocio, todos sus hijos cursaron con satisfacción la universidad.

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Otra dificultad de esta labor es el trato con los cuerpos, pues afirma que los difuntos desprenden olores, líquidos y gases que resultan insoportables para algunos, “pero alguien lo tiene que hacer”, y él ya se acostumbró.

La funeraria es su vida, aquí pasa la mayor parte del tiempo; le gusta ofrecer servicios de calidad y acompaña en todo momento a sus clientes. Ésa es su mayor satisfacción.

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