Opinión

La Familia | Hijos buenos, pero, ¿no tanto?

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“La bondad es la única inversión que nunca quiebra” Henry David Thoreau

Susana Sánchez*

Todos los padres deseamos tener hijos buenos, pero una vez, platicando con una señora me llamó poderosamente la atención un comentario que hizo: “sí quiero que mis hijos sean buenos, pero no tanto”.

Cuando decimos que queremos hijos buenos ¿a qué nos referimos exactamente? ¿buenos para qué? ¿académicamente, buenos deportistas, bondadosos, obedientes en todo, buenas personas, buenos, pero no tontos?

Para definir lo que queremos de nuestros hijos debemos aclarar conceptos y saber exactamente qué es lo que buscamos en su educación y dirigir nuestros esfuerzos hacia eso con asertividad.

La bondad es una de las cualidades humanas que mejor refleja la esencia humana, una persona buena es también benévola, generosa, bondadosa y benigna. Es afectuosa, condescendiente y comprensiva. Un niño aprende a ser bondadoso primero por los modelos que tiene y segundo por la realización de actos que lleven implícitos comportamientos bondadosos como ayudar, cooperar, compartir y comprender en lugar de agredir, maltratar o arrebatar.

Para dar forma a una personalidad integra y equilibrada tenemos que ser padres que asumamos nuestra responsabilidad como formadores y hacernos cargo no sólo de lo material o de su intelecto sino también de formar su conciencia, su voluntad y su afectividad en un ambiente de libertad. Las experiencias de sus primeros años deben marcar la pauta para que después ellos desarrollen un pensamiento lógico y reflexivo. Esto les evitará caer en el campo de las sensaciones o emociones únicamente, fenómeno que nos lleva a un relativismo donde omitimos el pensar, evitamos la fatiga mental y, en consecuencia, aceptamos todo lo que nos dice el ambiente y nos dejamos llevar por ideologías que cambian el pensamiento por el sentimiento donde lo importante es lo que sentimos o no sentimos, y si sentimos poco o mucho o si nos “late o no nos late”, y actuamos con base en emociones primitivas que nos impiden reflexionar y controlar tanto emociones como instintos y afectos.

¿Y qué pasa cuando sólo actuamos basados en la sensación y la emoción? Pues que éstas son sólo el resultado de la acción del mundo exterior sobre nuestros instintos y se traducen en lo subjetivo del mundo objetivo. Gracias a nuestras sensaciones nos relacionamos con el mundo, pero este es sólo el primer peldaño en el proceso del conocimiento, la pura sensación puede inducirnos a un error si los datos que nos da se quedan y no se reelaboran en el conocimiento.

Para evitar esto, debemos educar a los hijos en el entrenamiento de la inteligencia humana, adecuando sus sentimientos y pensamientos a su habilidad de razonar, desarrollando su afectividad y hablando siempre con la verdad. Es fundamental educarles en la voluntad, enseñarles a tomar decisiones, a ser reflexivos y desarrollar su inteligencia emocional.

No tengamos miedo en fomentar en nuestros hijos la bondad, que al final, es lo último que importa a la hora de ser seres humanos.

*Maestra en Educación Familiar.

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