Opinión

Hablemos de seguridad… y algo más | El delirio del topil

• Bookmarks: 29


“…Hermano, Hermano mío, Hermano Mexicano, despierta, levántate de tu cama, sal de tu casa y ponte a trabajar, que todo tu esfuerzo redunde en beneficio y progreso de tu persona”

Fragmento del discurso del general Bernardo Doroteo Reyes Ogazón

Diego Varela de León*

En torno al tema de la seguridad pública en sus diferentes dimensiones, recordaba y releía la fábula de las abejas que contaba Bernard de Mendeville en 1714 diciendo que:

“Había una colmena que se parecía a una sociedad humana bien ordenada. Estos insectos vivían como hombres, y todos nuestros actos realizaban en pequeño; hacían todo lo que se hace en la ciudad y cuanto corresponde a la espada y a la toga, aunque sus artificios, por ágil ligereza de sus miembros diminutos, escapan a la vista humana. Empero, no tenemos nosotros máquinas, trabajadores, buques, castillos, armas, artesanos, arte, ciencia, taller o instrumento que no tuviesen ellas el equivalente; a los cuales, pues su lenguaje es desconocido, llamaremos igual que a los nuestros. Como franquicia, entre otras cosas, carecían de dados, pero tenían reyes, y éstos tenían guardias; podemos, pues, pensar con verdad que tuviera algún juego, a menos que se pueda exhibir un regimiento de soldados que no practique ninguno”.

“Grandes multitudes pululaban en el fructífero panal; y esa gran cantidad les permitía medras, empeñados por millones en satisfacerse mutuamente la lujuria y vanidad, y otros millones ocupábanse en destruir sus manufacturas; abastecían a medio mundo, pero tenían más trabajo que trabajadores. Algunos, con mucho almacenado y pocas penas, lanzábanse a negocios de pingües ganancias, y otros estaban condenados a la guadaña y al azadón, y a todos esos oficios laboriosos en los que miserables voluntariosos sudan cada día agotando su energía y sus brazos para comer. Mientras otros se abocaban a misterios a los que poca gente envía aprendices, que no requieren más capital que el bronce y pueden levantarse sin un céntimo, como fulleros, parásitos, rufianes, jugadores, rateros, falsificadores, curanderos, agoreros y todos aquellos que, enemigos del trabajo sincero, astutamente se apropian del trabajo del vecino incauto y bonachón. Bribones llamaban a éstos, más salvo el mote, los serios e industriosos eran lo mismo: todo oficio y dignidad tiene su tramposo, no existe profesión sin engaño”.

“¿Quién podrá recordar todas sus supercherías? El propio material que por la calle vendían como basura para abonar la tierra, frecuentemente la veían los compradores abultada con un cuartillo de mortero y piedras inservibles; aunque poco podía quejarse el tramposo que, a su vez, vendía gato por liebre”.

“Y la misma Justicia, célebre por su equidad, aunque ciega, no carecía de tacto; su mano izquierda, que debía sostener la balanza, a menudo la dejaba caer, sobornada con oro; y aunque parecía imparcial tratándose de castigos corporales, fingía seguir su curso regular en los asesinatos y crímenes de sangre; pero a algunos, primero expuestos a mofa por embaucadores, los ahorcaban luego con cáñamo de su propia fábrica; creíase, empero, que su espada sólo ponía coto a desesperados y pobres que, delincuentes por necesidad, eran luego colgados en el árbol de los infelices por crímenes que no merecían tal destino, salvo por la seguridad de los grandes y los ricos”.

“¡Cuán vana es la felicidad de los mortales! Si hubiesen sabido los límites de la bienaventuranza y que aquí abajo, la perfección es más de lo que los dioses pueden otorgar, los murmurantes bichos se habrían contentado con sus ministros y su gobierno; pero, no: a cada malandanza, cual criaturas perdidas sin remedio, maldecían sus políticos, ejércitos y flotas, al grito de «¡Mueran los bribones!», y aunque sabedores de sus propios timos, despiadadamente no les toleraban en los demás”.

Así una breve reseña de lo que en la fábula de las abejas, que sin ser una realidad presente por lo lejos de los tiempos, empero en muchas ocasiones sí es una percepción que viaja por los anales de la historia y quisiese posesionarse de nuestro presente. Y en contraposición a lo anterior, donde sin lugar a la equivocación y firmes en la creencia de que todas y todos como sociedad organizada escoge y dirige sus destinos, igualmente leía un fragmento del discurso del general Bernardo Doroteo Reyes Ogazón, que me compartiera mi contemporáneo, a quien tengo fraternalmente en alta estima, me refiero al licenciado Jorge Luis Ramírez Venegas, el cual dice así:

“…Hermano, Hermano mío, Hermano Mexicano, despierta, levántate de tu cama, sal de tu casa y ponte a trabajar, que todo tu esfuerzo redunde en beneficio y progreso de tu persona, de tu familia y tus familiares, vamos, de tu querida Patria, esa tierra hermosa que te vio nacer…. a ti, a tus padres, a tus abuelos, bisabuelos y a todos tus ancestros, Hermano, Hermano mío, recuerda y lleva siempre en corazón y mente, que para descansar… tenemos toda una eternidad”.

 

*Libre pensador, amante de la música, la lectura y el deporte.

 

*Las opiniones plasmadas en las colaboraciones son responsabilidad de cada autor, así como su estilo de escritura. Ecodiario Zacatecas sólo es una plataforma digital para darlas a conocer a sus lectores.

29 recomendaciones
45 views
bookmark icon