Opinión

Bang! | Grosería

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Posición, fonía e interpretación son la clave para que una grosería sea tan bien ejecutada que hasta llegas a agradecerla o sea solamente dicha a lo pendejo.

Fernando Quijas*

Si hay algo que me mama es decir groserías. No puedo dejar un día en el que no diga alguna chingadera. Eso siempre ha sido lo pinches mío.

Porque hasta para decir groserías debe haber una ciencia. Posición, fonía e interpretación son la clave para que una grosería sea tan bien ejecutada que hasta llegas a agradecerla o sea solamente dicha a lo pendejo. Eso ya depende de quien lo escucha.

Mi Raza de Bronce entiende esto desde su infancia. Y no tanto porque haya un güey enseñando a los niños a decir groserías, lo que es de pésimo gusto, por no decir muy pinches naco, por cierto, sino porque flotan en el ambiente, rondando entre nuestras ideas y expresiones.

Aunque lo neguemos, las groserías conforman esa parte de nuestra cultura de la que muchos prefieren no hablar, en esa doble moral con la que nos encanta vivir y que resulta mucho más vergonzosa que nuestra bonita costumbre de decir chingaderas. Por esto, para muchos este representa el primer acto de transgresión en nuestras vidas.

Precisamente a esta exposición es a la que una madre de familia buscaba proteger a sus chavitos en un video que recorrió las redes sociales en las que expresaba su decepción por el uso que Coca-Cola hace de las groserías en su publicidad con la intención de llegar a la juanada más joven, en una cruzada por la decencia y las buenas costumbres.

Aunque quiero entender las buenas intenciones por parte de esta joven madre de alejar a sus hijos de lo que ella podría considerar como algo “malo”, en esta ocasión debo ponerme del lado de la marca de “las aguas negras del imperialismo yanqui”, como las nombraba un sobrevalorado Rockdrigo González.

En su intento, quien fuera nombrada #LadyCocaCola arremetió contra la campaña de la marca al asegurar que promueve “lo prosaico, lo grosero, lo vulgar” entre la población, e incluso mostró (?) un ejemplo muy raro el bajón de “vibración” al que nos exponemos cuando decimos nuestras mamadas.

Pero veámoslo de esta manera, no puedes arrastrar a todos en el plan de llevar a la compañía refresquera a la quiebra para demostrarle que no puede enfrentarse a los “valores y educación” que te inculcaron en el colegio de monjas por el que pasaste, solo porque hiere tu moral.

Se lo compraría si la lucha fuera por la explotación de mantos acuíferos por parte de la empresa o los problemas de salud que sus productos producen en mi amada Raza de Bronce, pero pareciera que eso no es importante para ello, porque más valen niños gordos y diabéticos, antes que pelados.

*Se traba para no decir groserías cuando hace entrevistas

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