Opinión

Bang! | El milagro del Santo Niño

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“Las imágenes en redes sociales describían bien la situación: pelados que exigían al Estado la liberación del hijo de su líder moral paseando en camionetas blindadas, mientras lucían y usaban el pesado arsenal que el gobierno gringo dejó pasar para dizque ayudar a México en su lucha contra el narco”.

Fernando Quijas*

Nuestro México es un país de milagros y magia. Era cuestión de ponerle atención a la imagen que Ovidio Guzmán traía en su cuello del Santo Niño de Atocha, ídolo fresnillense y miembro del Top 5 de Santos más Eficaces, para saber que lo inimaginable iba a ocurrir en un episodio de la historia mexicana al que llamaré El Milagro de Culiacán.

Todo empieza desde el arresto del menor de los hijos de Joaquín El Chapo Guzmán, más por un golpe de suerte (?) al ser hallado cuando se buscaba a otra persona, que por acciones efectivas de Inteligencia por parte de nuestras autoridades mexicanas y que supondría un logro para éstas.

Este hecho fue lo que desató una de las peores crisis en seguridad pública que ha sufrido nuestro México Moderno en una de las ciudades en las que la narcocultura ha prevalecido desde hace DÉCADAS (no es algo nuevo), quedándose marcada en cada casa, cuadra, calle y colonia, sobre todo en las más marginadas, donde sus niños crecen con historias diarias sobre hambre, droga, dinero y muerte.

Las imágenes en redes sociales describían bien la situación: pelados que exigían al Estado la liberación del hijo de su líder moral paseando en camionetas blindadas, mientras lucían y usaban el pesado arsenal que el gobierno gringo dejó pasar para dizque ayudar a México en su lucha contra el narco, y que los medios estadounidenses olvidaron mencionar al informar sobre lo que se vivía Culiacán, el ruido de los balazos y las imágenes de personas corriendo para resguardarse, tomadas por reporteros que pecho tierra pedían a la población no salir a las calles.

Aunque las noticias sacudían nuestros aparatos y mentes con cada nueva historia que se desarrollaba en la capital sinaloense, como el video de los internos que escapaban de un centro penitenciario o el de un grupo de civiles fuertemente armados saludando de mano a elementos del Ejército, no fue hasta la noche que la bomba cayó para todos: El Gobierno Federal cedió a la presión y entregó al muchacho. El milagro del Santo Niño había ocurrido.

Si bien el milagro fue la liberación del menor de los Guzmán, su magia llegó a cada rincón de los hogares mexicanos, cuando gente sin servicio militar daba su opinión sobre las estrategias que el Estado debió implementar para contener los ataques por parte de los grupos armados, personas a las que no has visto abrir un libro citaban a Sun Tzu, Maquiavelo y Churchill, y señoras Provida que se desgarran las vestiduras por “defender” las vidas de niñas embarazadas y el producto de alguna violación exigiendo sangre, en vez de sufrir tal “humillación” como mexicanos.

Al día siguiente, el presidente Andrés Manuel López Obrador asumió su responsabilidad como Jefe de Estado y defendió la decisión para evitar que los ataques en Culiacán escalaran y dejaran más víctimas. De alguna manera buscó contribuir a su propio milagro. Algo que, desde mi perspectiva personal, me pareció lo mejor.

Sin embargo, también creo que esto podría provocar una reacción negativa ante la situación de violencia que vive el país, luego que los grupos criminales se han enterado que el terrorismo es la manera de pedir las cosas. Ahora, quienes debemos de pedir el milagro para que esto no pase somos nosotros.

*Le reza a San Cubitas.

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