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Andar las vías… | Pase de lista

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“Al no existir una escuela como apoyo para los papás de todos los tiempos muchos actúan como vivieron su infancia, poniéndose como eficaz ejemplo de aquéllas”.

Luna Morena*

Hablar de nuestros padres y abuelos es hablar de toda una vida llena de incontables experiencias, fundadas en un arduo trabajo, forzando su humanidad por vivir con lo imprescindible. Su época no tuvo el estatus de ahora, todo era sin maquinaria de apoyo y con escasez monetaria, y por lo mismo sin vivienda firme ni vestiduras precisas. Soportaban los rudos cambios de clima sin dejar sus actividades, de hacerlo era perder la humedad mañanera y la esperanza de una mejor estabilidad.

Nunca se podían dar el gusto de tomarse un descanso, ni siquiera algún fin de semana, bueno tal vez no se daban cuenta que éste existía. Sus días pasaban iguales, como hechos para no detener a nadie, o ellos así lo visualizaban, aceptando de cara al sol su rústica existencia, como la descendencia numerosa que casi todos tenían; teniendo que dar el soporte fundamental con pies descalzos y resistencia precisa.

Había que dar manutención con su respectiva educación, por eso eran escasos quienes dejaban a sus consanguíneos en manos del pariente, con vecinos, conocidos o en alguna guardería; los demás evitaban molestar gente, diciendo que los hijos siempre debían estar bajo el cuidado de sus padres, además no confiaban en parvularios, tampoco en sus ideas ni en su vigilancia.

Sabían avenirse a lo que había de acuerdo a la usanza habitual, además de ordenar con una mirada, o una señal, la buena obediencia y el respeto superior, sin que nadie objetara nada en ninguna forma, de hacerlo, aseguraban una amonestación firme y clara para no volver a repetirse.

Se agradece la descendencia, pero es una consignación de pensarse. Al no existir una escuela como apoyo para los papás de todos los tiempos muchos actúan como vivieron su infancia, poniéndose como eficaz ejemplo de aquéllas llamadas de atención a veces muy viscerales, otras avisando, pero ninguna para desoírla. Eso era estar al pendiente de la familia, atendiendo su complejo desarrollo y detener a tiempo las evasivas hogareñas que pudieran presentarse.

Ahora sus palabras geniales son: “en mis tiempos ni lo mande Dios que dejáramos encargados a nuestros hijos con nadie, eran nuestra responsabilidad, había que sacarlos adelante como uno pudiera”. Por eso las generaciones de aquélla época son más sensatas, aplicadas, diligentes. No quiero decir que las de estos tiempos, donde rifan las tecnologías modernas, carezcan de tales cualidades; cada una tiene sus concernientes ventajas y desventajas. Es importante admirar a nuestros padres y abuelos, quienes viviendo con fallas cotidianas tuvieron el entendimiento para cimentar entre el vínculo lo que nadie debe cambiar: respeto y responsabilidad; pero con lupa guardián por las mejores referencias de alguien compasivo y valeroso, porque en esto va la sinceridad del valor bien puesto.

*Escritora, poeta, promotora y difusora de la cultura. Soy tres estuches de monerías y casi un montón de cosas.

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