Opinión

Andar las vías… | Descendencia efectiva

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Estas libertades casi nunca dejan honores, porque les facilita lo que no va para eso, eso sí las rutas que los regocijan son el resultado de los “buenos” cimientos que de esa forma revelan ante la gente

Luna Morena*

Muchas veces hemos escuchado el comentario: ¿Qué clase de mundo voy a dejarle a mi hijo? Tal apunte no debe formar parte de nuestra conversación, porque desde el momento de nacer, nos fue dado como nuestra principal encomienda.

Cada progenitor debe cuidar el crecimiento del vástago según los años que vaya cumpliendo, siempre cuidando la forma de conducirse; recuerden que el mejor ejemplo que ven es nuestro comportamiento, y en la menor oportunidad nos censuran. Es importante no hacer lo que no queremos que nuestros hijos hagan, ellos siguen nuestros pasos y huelen todo lo que hacemos aunque no nos vean.

Si se hace y se dice a tiempo lo que se debe hacer y decir sin titubeos ni lástima, el joven va asentando su crecimiento en seguridad, confianza, y apoyo, más en la edad del desarreglo afectivo, creyendo en su contra cualquier cosa o consejo que le digan, tanto que se sentirá “el mal querido”, porque no le permiten hacer esto, aquello; porque no le dan lo que quiere, mientras que sus amigos no pasan privaciones, además de ir a cualquier lado sin carga de discursos, ni hora señalada.

Estas libertades casi nunca dejan honores, porque  les facilita lo que no va para eso, eso sí las rutas que los regocijan son el resultado de los “buenos”  cimientos que de esa forma revelan ante la gente; toda una “benevolencia” andando, con madurez falsa, puesto que esta así no se obtiene, llega en su momento. Luego se dan cuenta que perdieron la infancia sin provecho, y aunque quisieran… jamás regresa.

Los hijos tienen derechos (lo dicen), y buscan con eso protegerse, pero debemos hacerle saber sus deberes desde la niñez hasta ser adultos si continúan viviendo donde sus padres, quienes son los indicados para enumerar bases especiales previendo su futuro digno y considerable: esto se logra cuando se atienden los cambios que con los años se manifiestan. De cero a 5 años, de 6 a 10, de 11 a 13, de 14 a 18, de 19  hasta siempre. Más en la  mencionada “edad de la punzada”;  se sienten rechazados, nada les acomoda, nada les gusta, todo les molesta,  quieren desaparecer, irse lejos; pero los muchachos andan bien “enamorados”, plenos en gusto  felicidad, y emparejamiento, para ellos fervor ideal,  para los  mayores; solo ilusiones que como llegaron se irán.

Jamás perdamos de vista su evolución,  deben saber que además de ser sus papás, somos sus mejores y únicos amigos. En nadie encontrarán el amparo, la comprensión, la disponibilidad a escuchar cualquier situación que conforme crecen quebrantará el ánimo.

Es difícil la función de ser papás, tampoco hay escuelas, pero los días, los años dan el aprendizaje necesario para poder ver la conveniencia de cualquier familiar. Esto no quiere decir que seguirán la exactitud que se les plantee, vale su libre albedrio, cuando edad y madures anímica nos muestren esa descendencia efectiva.

El mundo no es una herencia que se otorga a los hijos. Siempre decimos: qué mundo voy a heredarle a mis hijos, por qué no decir: Qué hijos voy a dejarle a la sociedad.   Los  disciplinamos  para dispersarse, pero que lo hagan como debe ser,  seguros, y  leales.  Imposible evitarles que estén ahí, pero que nunca se pierdan, ni sean de esa calidad.

* Escritora, poeta y promotora y difusora de la cultura. Soy tres escuches de monerías y casi un montón de cosas.

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